Odisea
Desde el IES Sierra de Aras lanzamos una propuesta a toda la comunidad educativa para tratar de aportar nuestro granito de arena durante estos días de confinamiento en casa y amenizarlos a través de textos, creaciones y recomendaciones positivas e interesantes.
Se trata de una iniciativa colaborativa en la que pedimos a profesorado, alumnado, familias, personal no docente y todo aquel que quiera que participe enviando su aportación al correo electrónico info@iessierradearas.es.
Nuestra intención es publicar en la web y redes sociales de nuestro instituto al menos una colaboración diaria.
Muchas gracias y anímate a participar.
El texto que compartimos a continuación nos lo envía Dña. Laura Margarita Lopera Rodríguez, Profesora de Lengua Castellana y Literatura del IES Sierra de Aras.
Odisea
La valía de un ser humano se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar (F. Nietzsche)
Cuando me paro a contemplar mi estado (Garcilaso de la Vega)
Vivimos (o vivíamos) en la era de la velocidad: corremos de aquí para allá muy ocupados, con una lista interminable de tareas urgentes. Quien no tiene prisa, quien no atesora una agenda apretada, quien no es capaz de hacer muchas cosas a la vez es un paria, un apestado, gente “poco importante”, no cuenta, no vale en este mundo nuestro.
Y de pronto, un ser microscópico, invisible, es capaz de frenar él solito esta máquina de alta velocidad en que nos movemos. Y nos quedamos, estupefactos, como un animal al que en la oscuridad de la noche, le proyectamos las luces largas de nuestro coche.
Qué días tan raros. Recuerdo la larga infancia en mi pueblo pequeño, en mi casa en el campo, sin internet, ni tablets, ni móviles: un teléfono en el salón familiar donde toda conversación era pública y que servía para mantener charlas no muy largas (nada de tarifas planas) con los tíos o los abuelos. Nada de actividades extraescolares ni de mundos virtuales: las tardes eran espacios en blanco que se llenaban de tareas del colegio, merienda, Barrio Sésamo y juegos con mis hermanos, charlas en la cocina con mi madre, tiempos muertos en la soledad de mi habitación o en la paz del campo que me rodeaba. Recuerdo qué grande se fue haciendo mi mundo en aquel espacio tan reducido, tan silencioso, tan repetido… Cómo mi familia, mis maestros del colegio y después del instituto, los libros, la música, las conversaciones, la reflexión, me fueron cocinando a fuego lento. Cómo, aunque el mundo exterior a veces me abrumaba, fue construyéndose en mí un amplio espacio interior que no ha parado de crecer y que es mi verdadera casa, mi refugio y mi paz. Desde ahí escribo, ahora que el mundo me sabe a infancia.
A menudo insisto a mis alumnos en estas ideas. Precisamente estos últimos días de clase he tenido la oportunidad de descubrir rincones interiores de algunos de ellos. Debían traer a clase tres objetos y hablar de qué sentimientos y emociones les suscitaban, qué importancia habían tenido en su vida. La actividad, con la que solo pretendía evaluar la expresión oral de los sentimientos en el tema en que estudiamos el género lírico, ha sido una auténtica fuente de disfrute y conocimiento para mí. Detrás de esos pupitres uniformes y simétricos se esconden sensibilidades delicadas y distintas, preciosas en su rareza de crisálida a punto de romperse, asomando ya el ser de colores en que muchos van a convertirse. Tras esa homogénea apariencia que nos impone el currículo de la lógica y el orden, escarbando un poco en el olvidado hemisferio derecho, he descubierto espíritus guerreros de deportistas con medalla, dolores que aún escuecen tanto que no es posible aguantar el tipo, amorosa ternura por los padres, hermanos y abuelos, reflexiones profundas sobre la muerte, exóticas aficiones de frikis que esconden inseguridades o angustias no superadas… En definitiva, lo que somos: seres que se hacen enormes, hermosos y únicos en su desnuda fragilidad. Todo lo demás, disfraces que nos colocan o nos colocamos, según toca.
Los viajes más largos, más apasionantes e importantes de la vida se hacen hacia dentro, no hacia fuera. Tiempo y silencio son dos billetes indispensables para explorar esas galerías interiores. Quédate en casa. Cierra tu puerta y mira lo poco y lo mucho que te rodea: lo que tienes, lo que eres, está dentro. Γνῶθι σαυτόν. ¡Buen viaje!

Madre mía Laura, que maravilla, me ha encantado, me has llevado y traído por tu narración como si flotara, gracias.
Querida Laura:
Gracias por tu iniciativa, por tu excelente capacidad para describir, pero especialmente por tu sensibilidad para captar lo variopinto del alma humana.
Sin duda serán muchos los que puedan disfrutar de tu texto.
Un gran abrazo.
Maravilloso, gracias.
Eskerrik asko, ederra benetan.
Tu texto, querida Laura, me parece un maravilloso poema narrativo y una propuesta vital profunda y básicamente humana para estos días.
Gracias y un abrazo enorme
Querida Laura,
Me he quedado impactada por la gran humanidad que expresa tu sentir, tu capacidad de observación y por la sabiduría de tu reflexión para encontrar respuestas útiles en tiempos extraordinarios, que para nada deberían volver a lo ordinario, sin más. El texto, como la imagen nos lleva de la luz a la oscuridad y de la oscuridad a la luz. Gracias por compartir tu arte, talento y gran sensibilidad con todos nosotros.
MARAVILLOSA REFLEXIÓN.