Viaje Sierra de Aras – Jornada 2
A las siete toque de diana. Para empezar desayuno variado y copioso. Huevos, salchichitas, tostadas, cereales, croissants, café, chocolate y zumos. Media hora después salimos del comedor en modo boa constrictor. Es lo que tiene un buffet. Todo lo quieres probar…
Ya en la puerta nos esperan Beatriz y Tatiana, nuestras guías en los próximos días. Y a bordo del autobús entramos en Lisboa cruzando el Puente del 25 de abril, dos kilómetros y medio a 70 metros sobre el Tejo, en cristiano el Tajo.
Panorámica de la ciudad. A la izquierda el Barrio de Belem y su emblemática torre, el Monumento a los Descubridores, el Monasterio de los Jerónimos y el Atlántico; al frente el Acueducto das Aguas Livres y el imponente Cristo Rei; a la derecha la Plaza de Comercio, el barrio de Alfama, el Panteón Nacional, San Vicente Da Fora y la inmensa boca del Tajo, que aquí de tan ancho se confunde con el mar.
En poco más de media hora llegamos a Sintra, al Monte da Lua. Vaya tela su microclima. La lluvia, el sol y el granizo se suceden sin patrón fijo. Esto no puede ser ni sano, comenta uno; ni bueno tampoco, le responde otro. Cambiamos de autocarro, en portugués pronunciado, y tomamos uno urbano. Zigzagueando por una carreterita estrecha y llena de toboganes, subimos al Palacio da Pena. El frío comienza a hacer estragos. Tiritando recorremos sus diferentes salas. «Antiguo convento de los Jerónimos, construido durante el siglo XVI, en los albores del XIX el estado portugués promueve una desamortización de los bienes de la iglesia que obliga a los monjes a abandonarlo; y es entonces cuando Fernando II decide remozarlo como palacio y residencia real para períodos vacacionales, lo que atrae hasta la ciudad a buena parte de la burguesía de la época» comenta por los auriculares la guía. Concluida la visita regresamos a Sintra por la misma ruta. Al trazado sinuoso se le añade ahora el vértigo del descenso. De nuevo en la villa toca ya el almuerzo. En el restaurante Tirol espaguetis con tomate y filetes de lomo con patatas; pan, bebida y postre. Todo muy rico. El pueblo lo celebra. El año que viene repetimos. Café y pitando.
Mirando de reojo al cielo, nos arriesgamos con la Quinta da Regaleira. Un par de horas recorriendo sus grutas, torres y lagos emboscados son suficientes para prendarnos de este paraje, singular donde los haya. De entre todo nos quedamos con el Pozo Iniciático, una suerte de torre invertida cuya escalinata interior se hunde casi treinta metros en la tierra, y con la recoleta capilla templaria, joya del estilo neomanuelino.
La tarde casi cayendo nos embarcamos una vez más para ir a ver la Boca do Inferno, un impresionante acantilado en la costa de Cascais que por su aspecto y la virulencia con que el mar rompe en él sus roncas olas evoca la terrible entrada del Averno.
Y satisfechos pero rendidos regresamos a Caparica, pero antes de ir al hotel se propone una parada fuera de programa en un centro comercial cercano. Por unanimidad la moción se aprueba. Allí gastamos nuestras últimas energías. Luego ducha, cena y pijama. Cuatro esquinitas tiene mi cama…
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